Lactancia · Límites · Consentimiento

El cuerpo de mamá también cuenta

Cuando hablamos de consentimiento con nuestros hijos, solemos empezar por enseñarles que su cuerpo merece respeto. Pero hay otra parte de esa conversación de la que hablamos mucho menos: el nuestro también.


Les enseñamos, con toda razón:

Que nadie debería tocarlos sin su permiso.

Que pueden decir que no.

Que no tienen que dar un beso si no quieren.

Que si algo les incomoda, pueden pedir que pare.

Todo eso importa.

Pero creo que nos falta una parte de la conversación: el cuerpo de mamá también cuenta.

Porque los niños no aprenden solamente de lo que les decimos. También aprenden de lo que viven con nosotros todos los días.

Y la lactancia, especialmente cuando nuestros hijos van creciendo, puede convertirse en uno de esos lugares cotidianos donde empiezan a aparecer los límites, la autonomía corporal y algo muy importante: qué hacemos cuando otra persona dice que no.

“Es que me da pena quitarle su tetita”

Cuando una mamá me dice en consulta: “Es que me da pena quitarle su tetita”, muchas veces el nudo no está solamente en la lactancia.

Está en el límite.

En cuándo está permitido decir “no”.

En cuánto tiene que molestarte algo antes de sentir que tienes derecho a detenerlo.

En por qué decir “ahora no quiero” se siente mucho más grave cuando quien pide es tu hijo.

Y aquí quiero hacer una distinción importante.

No estoy hablando de exigirle a un recién nacido que “pida permiso” para alimentarse. Estoy hablando de esa lactancia que va creciendo junto con tu hijo.

Cuando ya camina, busca, pide, espera, protesta, negocia. Cuando puede empezar a comprender pequeñas reglas y tú puedes empezar a poner palabras a lo que ocurre con tu cuerpo.

Porque poner un límite no significa necesariamente negar el pecho.

A veces el límite es tan pequeño como tomar su mano cuando intenta levantarte la blusa y decir:

“Espera. Primero me preguntas.”

O detener su mano cuando pellizca el otro pezón:

“Eso me duele. No voy a dejar que lo hagas.”

O responder:

“Ahora no quiero darte teta. Después sí.”

Puede enfadarse.

Puede protestar.

Puede volver a pedir.

Y su frustración no significa que tu límite estuvo mal.

“Pero es muy pequeño para entender”

No necesitas esperar a que pueda darte una explicación sobre consentimiento para empezar a mostrarle que los cuerpos tienen límites.

Piensa en algo mucho más cotidiano. Un bebé te agarra el pelo y tira con fuerza. No te quedas quieta pensando: “Bueno, todavía no comprende que me duele”.

Abres su mano, sueltas tu pelo y poco a poco le enseñas: “Eso me duele”. No esperas que comprenda todo para empezar a mostrarle el límite.

¿Por qué tendría que ser diferente con tu pecho?

Si te pellizca y te duele, puedes detener su mano.

Si intenta sacarte el pecho y no quieres, puedes detenerlo.

Si quiere tomar y en ese momento tú no quieres dar, dependiendo de su edad y de sus necesidades, puedes buscar otra manera de acompañarlo.

Explicarle dónde termina su cuerpo y dónde empieza el tuyo no es rechazarlo.

¿Y la libre demanda?

Durante mucho tiempo quizás escuchaste que para cuidar la lactancia había que dar el pecho a libre demanda.

Y sí: especialmente al comienzo de la lactancia, responder a las señales y necesidades del bebé cumple una función importante. Pero una lactancia no se queda congelada para siempre en los primeros meses.

El bebé cambia.

La alimentación cambia.

La relación cambia.

Y tú también cambias.

La lactancia es una relación entre dos personas. Y que una tenga una necesidad no hace desaparecer automáticamente las necesidades de la otra.

El pecho alimenta, calma, regula, acompaña, conecta. Precisamente por todo lo que significa, poner un límite puede sentirse enorme.

¿Y si lo necesita?

¿Y si llora?

¿Y si se siente rechazado?

¿Y si estoy siendo egoísta?

Pero hay otra pregunta que hacemos mucho menos:

¿Y tú qué necesitas?

Tu incomodidad también es información

No creo que Instagram pueda decirte exactamente en qué momento “deberías” empezar a poner límites. Pero tu cuerpo puede darte información.

Si una determinada toma empezó a incomodarte.

Si no quieres amamantar en cierto momento o lugar.

Si una conducta durante la toma te duele.

Si estás agotada de que busque el pecho constantemente.

Si algunas veces quieres dar y otras veces no.

Todo eso es información. No significa automáticamente que tengas que destetar. No significa que hayas dejado de disfrutar la lactancia.

Y tampoco necesitas esperar hasta que la molestia sea insoportable para sentir que tienes derecho a cambiar algo.

Puedes amar profundamente amamantar a tu hijo y, al mismo tiempo, no querer darle teta en ese momento.

Las dos cosas pueden ser verdad.

¿De quién es la teta?

No es de la asesora de lactancia.

No es del pediatra.

No es de Instagram.

Y tampoco es del bebé.

La teta es de su dueña.

La lactancia es una experiencia profundamente corporal. Durante meses o años compartes con tu hijo algo que ocurre, literalmente, en tu cuerpo. Y a veces la distancia entre los dos puede parecer mínima.

Estuvieron literalmente unidos y después siguen estándolo de otras maneras: en el pecho, en los brazos, en las noches, en esa necesidad tan intensa de tu presencia.

Pero siguen siendo dos. Dos seres profundamente unidos que, poco a poco, también están aprendiendo a diferenciarse.

Y esa diferenciación no rompe el vínculo. También forma parte de él.

Quizás por eso nos cuesta tanto

Creo que aquí hay algo que va mucho más allá de la lactancia. A muchas mujeres nos enseñaron, de maneras muy distintas, a desconfiar de nuestra incomodidad.

A preguntarnos si estaremos exagerando.

A aguantar un poco más.

A evitar molestar.

A ceder cuando alguien insiste.

A sentir que poner nuestro cuerpo primero es egoísta.

Y después llega la maternidad. Llega una persona a la que amas de una manera difícil de explicar, que además realmente te necesita, y esas fronteras pueden volverse todavía más difíciles de ver.

Por eso creo que poner límites durante la lactancia puede enseñarle algo importante a tu hijo. Pero también puede enseñarte algo a ti.

Puede recordarte que cuidar a alguien no significa desaparecer.

Que puedes acompañar una frustración sin tener que evitarla siempre.

Que puedes decir “no” y seguir siendo una madre amorosa.

Que puedes cambiar las reglas de una relación cuando algo que antes funcionaba deja de funcionar.

Y que tu cuerpo no deja de pertenecerte porque estés criando.

El consentimiento también se aprende aquí

No necesitamos esperar a una conversación sobre sexualidad, a la adolescencia o a la primera pareja para empezar a enseñar consentimiento. Se aprende en muchas situaciones pequeñas.

Cuando respetamos un “no”.

Cuando no obligamos a dar un beso.

Cuando paramos algo porque alguien dice que le duele.

Cuando enseñamos que pedir no significa obtener siempre.

Cuando acompañamos la frustración sin convertirla automáticamente en un “sí”.

Y también cuando nuestros hijos van descubriendo algo que parece pequeño, pero no lo es:

El cuerpo de mamá tampoco está disponible sin límites.

Tu hijo merece crecer sabiendo que nadie tiene derecho automático sobre su cuerpo. Y también puede aprender que querer algo del cuerpo de otra persona no le da automáticamente derecho a obtenerlo.

Ni siquiera cuando esa otra persona es mamá. Ni siquiera cuando se trata del cuerpo en el que durante tanto tiempo encontró alimento, calma, sueño y refugio.

La teta es tuya.

La lactancia es de los dos.

Y tus límites también forman parte de esa relación.

Cuando llegue el momento de cambiar algo (poner un límite, reducir algunas tomas o empezar un destete), no tiene que decidirlo la culpa, la presión de otras personas ni un estándar ajeno.

Puedes escuchar a tu hijo. Puedes acompañarlo. Puedes respetar lo que siente.

Sin dejar de escucharte, acompañarte y respetarte a ti también.